Bajo este cielo gris de horizontes inciertos nos olvidamos de lo cierto y es que cierto no hay nada.
Sumidos en un psiquiátrico de histeria colectiva, donde todo se adormece, creerse consciente y sin embargo sólo te has dado cuenta de que estas dormido, pero sigues durmiendo. Aferrarnos a las formas que se nos presentan como salvavidas de esta histeria colectiva es como entregar tu vida a un objeto inherte, mientras en ti late la sangre. Miedo de lo incierto siendo esto lo único cierto. Y sufrimos por querer aferrar la vida tomando lo inherte, la forma externa, la palabra, al otro cuando en realidad lo único posible se da en la sangre que late.
La vida se sucede dentro, a cada instante. Nada es para siempre pues el siempre queda lejano de este momento. ¿Cómo llegar a albergar lo inalienable?
¿Qué es la vida? Todo eso que sucede mientras no somos nada. La cuestión es que para creernos algo intentamos razonarla, controlarla, dominarla, teorizarla, gestionarla, pautarla…Mientras el flujo vital con su curso lo desmorona. Tantas veces como sea necesario. No es lo mismo ser que estar. Somos vida mientras nos aferramos a la idea de que estamos en ella (creyendo dominarla). Pero se nos olvida que estamos en ella porque somos ella. Nos brinda el permiso de ser en cada flagrante instante. Hasta que en un instante dejamos de estar, mientras ella sigue y seguirá siendo. La vida eterna, eterna vida. Ella es la que es y se muestra con sus infinitas manifestaciones, nosotros tan solo somos una manifestación más. Olvidarnos de esto es olvidar lo evidente.
