Kaitiaki, era un hombre de esos que tienen la sabiduría del campo en su mirada, en lo natural de sus movimientos se podía apreciar el valor de lo sencillo y cerca de él todos se encontraban acogidos como en casa. Le gustaba su trabajo, hacía tiempo que se dedicaba a él aunque no recordaba haber tomado la decisión de elaborar jabones. Parecía que lo hubiese hecho siempre, y al verle trabajar era como si realmente ese lugar fuese destinado para él. Se sentía cómodo en su estancia y cuidadosamente elaboraba sus jabones. No ponía empeño, no ponía afán, tampoco se esforzaba ni se exigía para que salieran mejor. Sencillamente los elaboraba. Disfrutaba elaborando jabones, siempre la misma dinámica, con esa sistemática cariñosa que conlleva lo artesanal. Así que deleitándose…”una pizca de esto”, canturreando…”dos puñados de aquello”, sonriendo…”cuatro gotas de esencia”, acariciando…”tres hojas aromáticas, se mezcla todo bien y… ¡ya está!” Otro jabón más para secar, satisfecho de su jabón. Sin más, satisfecho por un nuevo jabón que poner a secar, no era distinto de los anteriores, ni pretendía serlo. Sólo era jabón y él se sentía feliz haciéndolo.
Ya por la tarde, delicadamente los envolvía en papel marrón. Entonces los aldeanos llamaban a la puerta para buscar el jabón elaborado por Kaitiaki:
-Hola Kaitiaki, vengo a por una pastilla de jabón, ¿tienes alguna para mí?- decían sonriendo.
– Un momento que miro a ver.- Se iba enfrente de la estantería donde estaban todas las pastillas ordenadamente almacenadas y pasando la mirada como si estuviese buscando la adecuada de repente paraba la mano delante de una y decía:
-Este.- cogía el jabón con ambas manos y cuidadosamente lo depositaba encima de la mesa- Sí creo que este te irá bien.
Increíble pero cierto, porque aunque Kaitiaki elaborara todos los jabones siempre del mismo modo, y sin pretensión de diferenciación alguna, cuando la persona le pedía uno, él lo escogía. De entre todas las pastillas que tenía almacenadas no podía darle cualquiera. Sabía que todas eran iguales, y que todas las había hecho él mismo con la misma delicadeza y dedicación, pero no todas las personas venían con la misma necesidad y por eso no podía darles cualquier jabón, tenía que escogerlo. Y lo escogía, se tomaba el tiempo necesario para seleccionarlo, y convencido lo ofrecía.
Y es que aunque el amor de Kaitiaki era el mismo, cada persona recibía las caricias que brindaba aquella pastilla de jabón que se había escogido especialmente para ella.
Kuia Tupuna
