Mis ángeles
Mis ángeles no tienen alas.
Lo sé porque los he visto y no tienen alas.
Ellos caminan inocentes por sus vidas
apoyando ambos pies en el suelo.
Al hacerlo les he visto reír,
les he visto llorar,
también les he visto cantar, bailar,
sufrir, dudar, luchar, comer, compartir…
y amar.
Aman mucho,
con mucha fuerza y tesón,
pero sobre todo aman de forma sencilla.
Lo sé cuando me miran,
porque con tan solo su presencia
ya me siento mejor.
Ellos no necesitan garabatos para amar,
ni enormes acciones llenas de elocuencia,
tampoco lo pretenden…
ni lo intentan…
ni lo buscan…
tan solo están presenten cuando los necesito,
o incluso aparecen cuando menos te lo esperas.
Siempre oportunos,
sin tan siquiera saberlo ellos mismos.
Algunos son hombres,
otros mujeres,
también hay niños,
familiares, amigos, conocidos…
Hay ángeles de un día,
aquellos que ofrecen aliento
en un determinado momento
sin ni tan siquiera conocerlos.
Hay otros que te acompañan durante un tiempo…
Pero hoy hablo especialmente de aquellos
de presencia continuada en mi vida.
Esos que aunque no tengan alas
nunca me dejan caer al suelo
y antes que pueda darme cuenta
ya han impulsado mi propio vuelo.
¿Cómo lo hacen? Ni lo saben
Sumergidos en la rutina de sus días
no se dan cuenta del poder angelical de sus palabras,
de sus gestos, de sus miradas…
